miércoles, 18 de mayo de 2011

Luces en la Noche


La luz de la farola irradiaba a través de los cristales empañados de la habitación, intentando sin éxito alumbrar el interior del mismo modo que un intruso con zapatos de goma pretende ser silencioso. Dentro, la oscuridad ejercía su dominio cerniéndose impasible sobre todo aquello a su alcance, sin excepciones, sin piedad alguna por cuanto la rodeaba.

Y en medio del hacer de la naturaleza se encontraban ellos, vencidos por la noche, resignados a perderse en una penumbra cada vez más espesa, donde los intentos por disipar las dudas y el desánimo cedían ante la certeza de que no habría forma de hallar el camino de regreso a la luz. Quizás no fueran los indicados, quizás simplemente creyeran no serlo, o puede que hubieran perdido la voluntad de probar suerte; en cualquier caso el resultado se mantenía invariable, presentándose ante ellos como una absoluta evidencia, providencial.

Ambos perdedores permanecían en silencio mutuo, como dos desconocidos obligados a compartir espacio, sin prestarse atención alguna sabedores de su propia mediocridad, convirtiendo la compañía en mero término manido en una escena teatral interpretada por sendos bufones. Uno sumido en el letargo, consecuencia de lo que se presupone inevitable; el otro, cruelmente consciente de lo trágico del fenómeno, aún escudriñaba con profunda tristeza cada resquicio tibiamente iluminado, manteniéndose a la expectativa de la irrupción de un milagro.

El ejercicio de la noche embestía repetidamente contra el alma de su superviviente, sin compasión, desentendida de la tregua. Pobre ánima afligida que soportaba cada envite simulándose indolente ante el ataque continuo, mostrándose terca y obstinada en la resistencia, conocedora de ser la última oposición a la invasión, entablando un combate fiero y encarnizado en el que el vencedor dignifica su gloria con la aniquilación del vencido.

El desamparado emplea la luz ténue de una última candela como refugio, y se vuelve una y otra vez hacia su compañera vencida, resignada tiernamente al devenir, nutriéndose de su dulce imagen sosegada tanto como del hecho de intuirse la opción única de retomarla del Leteo para afrontar la empresa.

Pese al esfuerzo, pese a la insumisión, el muchacho va viendo minadas sus fuerzas, empujado a la desesperación ante el hastío de la impotencia. Pues cada golpe, más enfurecido que el anterior, supone una herida mortal de necesidad.

Ve truncado su empeño, consciente de que no hay recuperación posible y, al mismo tiempo, siendo cada vez menos consciente de nada. Abocado al fracaso, mellada su daga, se halla en la pendiente del abismo de la perturbación de profetizar su derrota, donde no parece haber mayor remedio que retroceder.

Ante la proximidad del fin, y al filo de la locura, el moribundo decide su actuación definitiva en su particular enfrentamiento con el Destino. Consciente de su fracaso, apaga el candil y abandona su posición estoica para reunirse con su amada ausente. Y fijando su mirada en ella, anhela que abra sus dulces ojos claros en la esperanza de que sendos rayos de esperanza erijan la fuerza para afrontar el camino a la perdición.


Para mi dulce Luz negra