No hay lugar para almas, sean tortuosas o no, bajo el escenario ni sobre él. Por lo que son tristemente libres de escoger su nepente o dar caza al cazador despistado que logren torpemente confundir.
Las puertas se encuentran permanentemente abiertas para todo cuanto quiera incorporarse a la acción, de modo que las salidas no son posibles a petición popular salvo en casos de normalidad decrépita diagnosticada. Aunque pongo a su disposición la escalera hacia la azotea para cualquier individuo deseoso de saldar su deuda con la prostituta Dignidad.
Como cabía esperarse, es obligada la naturalidad más desalmada y depravada propia de cada integrante.
En contraposición a la fauna exterior, aquí asesinos y malhechores no gozan de inmunidad diplomática, por lo que todo visitante puede disfrutar satisfecho del honor de ser tan prescindible e invirtuoso como cualquier otro, sin diferenciación alguna. Aunque desearía que no se acogieran a dicha posibilidad, pese a que mis expectativas realistas no sean contrarias.
La entrada es gratuita a excepción de los referenciados. Y, por supuesto, insto a la interactuación vergonzosa de los asistentes en la penosa representación.
Bienvenidos a este absurdo coloquio, y sean partícipes de la degradación más absoluta compartiendo mi particular versión de la hoguera de las vanidades.
